Por Enver Williamss.
Magíster en Comunicación Política y Marketing.
CEO de Focus&GoberConsulting
En cada campaña aparece el mismo libreto: cuando un candidato gana, atribuye su triunfo a Dios; cuando pierde, anuncia que el castigo divino caerá sobre sus enemigos, como si el cielo funcionara como un comité electoral y la voluntad de millones de ciudadanos pudiera reducirse a un acto sobrenatural convenientemente alineado con intereses de campaña. No es fe: es estrategia. No es espiritualidad: es propaganda.
Los asesores lo saben bien. En un país donde la religión sigue siendo un pilar emocional, invocar a Dios no es un acto inocente, sino una técnica de persuasión. La fe mueve votos, genera identidad, crea lealtades. Por eso muchos estrategas convierten el nombre de Dios en una marca política, lo ponen al servicio del discurso y lo usan como escudo cuando faltan argumentos. No se trata de creer: se trata de convencer.
Así, Dios deja de ser conciencia para convertirse en eslogan. Cuando el candidato cumple, se dice que fue “bendecido”. Cuando falla, se afirma que “Dios lo castigará”. Pero desde la experiencia y la formación —dicha con respeto y franqueza— es necesario aclararlo: Dios no castiga en la política.
La política no es un acto de fe; es una empresa de intereses, una disputa de poder, estrategia y ambición personal. No hay santos en campaña ni mártires en el poder. Aquí no operan milagros, operan decisiones.
Por eso, no te tomes la política como algo personal, ni la cargues al pecho como si fuera un asunto divino. En este escenario, tú haces parte del juego: eres una pieza dentro de una idea diseñada para llegar al poder. Entenderlo —sin ingenuidad, sin romanticismos— es el primer acto de madurez política. La ambición, la mentira y la derrota son responsabilidades humanas, no divinas.
Somos nosotros quienes metemos a Dios en nuestras rabias, en nuestras tarimas y en nuestras derrotas. Cuando ganan, dicen: “Dios está conmigo”. Cuando pierden, anuncian: “Dios los va a castigar”. Pero Dios no vota, no elige, no firma resultados. Dios da el día, la vida y la oportunidad. La decisión es nuestra. La responsabilidad también.
Ahora bien, afirmar que Dios no se mete en política no significa que sea indiferente a la vida pública. Dios no hace campaña por partidos, pero sí se interesa por la dignidad humana: por la pobreza, la corrupción, la injusticia, la violencia, la verdad y la paz. Todo eso, en su sentido más profundo, también es política.
En la Biblia no vemos a Dios aliado con tronos, sino confrontando al poder cuando oprime. Corrige a reyes injustos, defiende al pobre, condena al gobernante que miente y roba. Exige que el poder sirva, no que se sirva.
Por eso se dice que Dios no es partidista, pero sí proféticamente político: no se casa con colores, pero toma partido por la verdad, la justicia y la vida. Cuando una causa defiende al pueblo, ahí Dios se alegra. Cuando hay corrupción y abuso, ahí se levanta como juez.
Así que el problema no es que Dios se meta en política, sino que la política ha metido a Dios en su juego. Lo ha convertido en pancarta, en consigna, en coartada. Mientras unos usan la fe como eslogan, otros la viven como conciencia. Y esa es la diferencia. Porque al final, no gana quien grita “Dios está conmigo”, sino quien demuestra, con hechos, que camina con la verdad.
Foto: Especial

