InicioEspecialRicardo Salinas Pliego y la "nueva" SCJN: el fin del privilegio

Ricardo Salinas Pliego y la «nueva» SCJN: el fin del privilegio

Durante años, Ricardo Salinas Pliego construyó una narrativa de intocabilidad. Empresario multimillonario, dueño de uno de los consorcios mediáticos más influyentes del país y figura constante en la confrontación pública, parecía convencido de que su poder económico, su exposición mediática y su capacidad de presión podían doblar al Estado mexicano. Pero febrero de 2026 deja una escena distinta: la del magnate que, después de una larga cadena de litigios, amparos y discursos de victimización, termina pagando una deuda fiscal histórica. No por voluntad política ni por gesto patriótico, sino porque el margen para seguir evadiendo el desenlace judicial prácticamente se agotó.

Lo ocurrido con Grupo Salinas rebasa el plano empresarial. Se trata de uno de los casos fiscales más grandes y emblemáticos de la historia reciente de México. A finales de enero, el SAT informó que el grupo pagará 32,132.9 millones de pesos, de los cuales 10,400.6 millones ingresaron de inmediato a la Tesorería y el resto se cubrirá en 18 pagos. La cifra original reclamada rondaba los 51,000 millones de pesos, pero el monto final se redujo conforme a beneficios legales aplicables al pago acordado. Aun con esa reducción, la propia presidenta Claudia Sheinbaum lo definió como el pago más grande hecho en México en un caso de este tipo.

Ese dato es central. Porque el caso no solo exhibe la magnitud del adeudo; exhibe también la profundidad de una cultura de privilegio fiscal que durante años permitió a grandes grupos económicos litigar hasta el infinito, aplazar resoluciones y convertir el sistema judicial en herramienta de desgaste contra la hacienda pública. Lo que hoy se está cerrando no es únicamente una cuenta: es una forma de entender el poder en México. La idea de que ciertas fortunas podían discutir eternamente con el fisco mientras millones de contribuyentes comunes pagan puntualmente sus obligaciones.

En ese sentido, la resolución de la Suprema Corte y el desenlace posterior tienen un valor político e institucional mayor. En noviembre de 2025, la SCJN desechó un paquete de amparos promovidos por empresas de Grupo Salinas —incluidas Elektra y TV Azteca— para impugnar sentencias que las obligaban a cubrir créditos fiscales por 34,737 millones de pesos. Distintos reportes periodísticos señalaron que, con esos fallos, el conglomerado quedaba obligado a cubrir casi 50,000 millones de pesos en diversos expedientes. Fue un golpe de fondo: no una diferencia menor de interpretación tributaria, sino el cierre de una ruta judicial que por años funcionó como escudo.

La importancia de ese momento radica en que el caso dejó de ser una disputa propagandística para volver a su centro real: el cumplimiento de la ley. Durante meses, Salinas Pliego y su entorno intentaron presentar el litigio como persecución política. Sin embargo, tanto el gobierno federal como las propias resoluciones judiciales sostuvieron otra lectura: no era un pleito ideológico, sino un adeudo fiscal. La presidenta Sheinbaum lo resumió sin rodeos al celebrar el pago: “ya no hay privilegios”. Más aún, insistió en que no se trataba de un tema político, sino sencillamente de una deuda con el fisco.

Ese mensaje tiene una fuerza simbólica evidente. Porque Salinas Pliego no es cualquier contribuyente. Es uno de los hombres más poderosos del país, propietario de TV Azteca, Banco Azteca, Elektra y otras piezas relevantes del ecosistema económico y mediático mexicano. Que un actor de ese tamaño termine pagando no solo tiene impacto recaudatorio; tiene impacto ejemplar. Envía la señal de que el tamaño de la fortuna no debe equivaler al tamaño de la impunidad.

También desmonta otro mito: el de la supuesta invulnerabilidad del poder mediático cuando choca con el poder fiscal del Estado. Durante años, la exposición pública de Salinas Pliego le permitió colocarse como comentarista, víctima, antagonista y juez de su propio caso. Pero ninguna narrativa en redes sociales, ningún despliegue editorial y ninguna estridencia discursiva pudieron alterar el hecho esencial: había créditos fiscales firmes y había una ruta institucional que terminó imponiéndose. El empresario podrá seguir denunciando arbitrariedades; lo que hoy pesa es que aceptó pagar 32,132.9 millones de pesos para cerrar el capítulo.

Por eso este episodio debe leerse como una victoria de la legalidad democrática. No porque el sistema sea perfecto ni porque desaparezcan de un día para otro las asimetrías entre los grandes grupos económicos y el ciudadano común, sino porque hay un precedente concreto: un consorcio históricamente combativo frente al SAT termina reconociendo, por la vía de los hechos, que ya no puede sostener indefinidamente su estrategia de resistencia judicial.

La resolución también habla bien del nuevo momento institucional del país. Más allá de la polémica política que rodea a la Suprema Corte, el caso Salinas muestra que el máximo tribunal ya no está dispuesto a servir como última trinchera automática de los privilegios fiscales. Ese es quizá el fondo más importante de febrero de 2026: no la caída mediática de un magnate, sino la confirmación de que el Estado mexicano empieza a cerrar espacios a una vieja tradición de excepciones para los de arriba.

En la superficie, la historia es simple: un empresario que litigó durante años termina pagando miles de millones al SAT. Pero en su fondo político, la historia es más profunda. Es el relato de un cambio de época. Durante demasiado tiempo, en México se instaló la idea de que los grandes capitales podían negociar con la ley, posponer la justicia fiscal y convertir sus adeudos en un asunto interminable. Hoy, esa lógica recibe un golpe severo.

Ricardo Salinas Pliego quiso convertir su deuda en una cruzada personal contra el poder. Lo que febrero de 2026 deja claro es otra cosa: no era una cruzada, era una cuenta pendiente. Y finalmente llegó la hora de pagarla.

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