El expresidente Felipe Calderón vuelve a asomar la cabeza en la escena política, ahora bajo el pretexto de evaluar el “relanzamiento” del PAN para decidir si regresa o no a la vida pública. Lo que parece un análisis estratégico es, en realidad, una muestra más del cinismo con el que el exmandatario se maneja, como si el país hubiera olvidado los estragos que dejó tras su administración.
Durante una entrevista reciente, Calderón aseguró que está “atento” al proceso de transformación del PAN, y que su posible regreso dependerá de que el partido recupere sus principios y se abra a la ciudadanía. Pero estas declaraciones contrastan duramente con su propio legado: un sexenio marcado por una guerra fallida contra el narcotráfico, miles de muertos, y una institucionalidad profundamente erosionada.
Bajo su mandato (2006-2012), México fue lanzado a una guerra frontal contra el crimen organizado, sin una estrategia clara y con consecuencias devastadoras. El saldo fue una ola de violencia que tiñó de sangre al país, con masacres, desapariciones y violaciones sistemáticas de derechos humanos. Mientras tanto, el propio Calderón colocó a Genaro García Luna al frente de la seguridad nacional, hoy preso en Estados Unidos por sus vínculos con el narcotráfico. Una sombra que persigue inevitablemente al expresidente, aunque insista en desmarcarse.
Ahora, Calderón dice que el PAN debe volver a sus “valores originales”, abrirse a nuevos liderazgos y recuperar su fuerza territorial. Pero esas mismas estructuras partidistas que hoy critica, fueron moldeadas y controladas bajo su liderazgo, cuando convirtió al partido en una plataforma cerrada, elitista y desconectada de la ciudadanía.
Además, durante su gobierno, México vivió una ola de privatizaciones, reformas estructurales regresivas y un entreguismo evidente hacia intereses extranjeros, especialmente en sectores estratégicos como la energía. Hablar hoy de recuperar la identidad del PAN sin mencionar cómo su administración diluyó la soberanía nacional es una muestra de incongruencia absoluta.
Calderón afirma que analizará si el PAN se transforma de verdad para decidir si se reincorpora a la política. En sus palabras, 2027 será una fecha clave para medir esa evolución. Pero la pregunta de fondo es otra: ¿con qué autoridad moral puede regresar quien dejó al país sumido en la violencia, debilitó las instituciones y cargó con escándalos de corrupción ligados al crimen organizado?
México no necesita que regrese un político que nunca se fue del todo, que ha seguido moviendo hilos desde el extranjero, y que ahora pretende volver como “salvador” del partido que ayudó a vaciar.
La verdadera transformación del PAN, y de la política mexicana, pasa por rendir cuentas, no por abrirle de nuevo la puerta a quienes fueron parte del problema.
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