En un giro que revela más desesperación que estrategia, el Partido Acción Nacional (PAN) anunció su relanzamiento nacional acompañado de una marcha convocada para el próximo sábado 18 de octubre, partiendo del Monumento a la Revolución. La acción ha generado críticas, no por su derecho a manifestarse, sino por la hipocresía de utilizar una herramienta que durante años calificaron como populista y dañina para el país.
El dirigente nacional panista, Jorge Romero, ha intentado maquillar esta movilización como un esfuerzo por “reconectar con la ciudadanía”, pero su discurso se enfrenta con la memoria colectiva: fue este mismo partido el que durante años acusó a Morena de usar a la gente como carne de cañón para marchas, calificándolas como actos de manipulación y demagogia. Hoy, sin embargo, recurren a la misma fórmula.
Desde la bancada panista, Kenia López Rabadán también ha buscado justificar la convocatoria, alegando que buscan visibilizar sus propuestas en todo el país. No obstante, la narrativa se tambalea, pues la ciudadanía percibe este tipo de acciones más como una maniobra desesperada por mantenerse vigente que como un intento legítimo de transformación.
El argumento del PAN en redes sociales, donde aseguran que “México necesita una alternativa comprometida con la verdad”, suena vacío para muchos, considerando el papel que han jugado los gobiernos panistas en favor de las élites económicas, muchas veces en contra de los intereses populares.
Lo que sí resulta evidente es que el PAN intenta imitar las estrategias que tanto ha criticado de Morena. Pero hay una diferencia sustancial: mientras Morena ha convocado marchas con apoyo genuino de las bases populares, el PAN responde a las cúpulas empresariales y a intereses alejados de las necesidades del pueblo.
Esta movilización, más que un relanzamiento, parece una confesión: el PAN no encuentra una identidad propia y se ve obligado a adoptar las formas del movimiento que dice combatir.
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