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La Culpa es del Estado

Por: Andrea Barajas

La sangre que tiñó la Plaza de las Tres Culturas no fue casualidad. No fue un malentendido, ni un exceso de fuerza. Fue el Estado, con su rostro autoritario, quien decidió arrancar de raíz los sueños de una generación que se atrevió a levantar la voz.

Díaz Ordaz habló de tolerancia en su informe, pero ya había firmado la sentencia de muerte de cientos de estudiantes. Echeverría, García Barragán, Corona del Rosal: todos fueron piezas de un engranaje que no conocía de diálogo, solo de represión. El PRI gobernaba como si el país fuese suyo, y en 1968 nos recordó que estaba dispuesto a sostenerse con fusiles y con miedo.

Los jóvenes pedían libertad, exigían justicia, soñaban con un México distinto. ¿Cuál fue la respuesta? Balas que descendían del aire tras la bengala disparada desde un helicóptero, ráfagas que atravesaban cuerpos desarmados, el eco interminable de los disparos en la plaza. Entre la multitud, hombres con guantes blancos en la mano izquierda señalaban a quién detener, a quién perseguir, a quién condenar. Era el Batallón Olimpia, infiltrado entre los estudiantes, marcando con un gesto la sentencia de muerte.

La memoria duele porque el Estado mintió: dijo veinte muertos donde hubo centenares, llamó provocadores a quienes buscaban diálogo, acusó a los estudiantes de arruinar la “paz” que solo era silencio impuesto. Lecumberri se llenó de voces encarceladas y las familias de ausencias irreparables.

El 2 de octubre no se olvida porque sigue siendo una herida abierta. No se olvida porque fue el Estado el que disparó, el que ordenó, el que mató. No se olvida porque las balas de Tlatelolco todavía resuenan en cada estudiante desaparecido, en cada madre que espera justicia, en cada joven que hoy se atreve a marchar.

Olvidar sería traicionar. Recordar es resistir. Y en esa resistencia gritamos, una y otra vez: la culpa fue del Estado, la culpa fue del PRI. El 68 no es pasado, es presente. La masacre de Tlatelolco no fue un episodio aislado: fue el inicio de una larga cadena de represión y desapariciones, fue el rostro desnudo de un régimen que se alimentaba del miedo. Hoy la memoria nos obliga a señalar sin titubeos: el gobierno priista fue responsable, el Estado fue verdugo.

La memoria histórica no es nostalgia, es compromiso. Es exigir justicia para quienes nunca volvieron. Es alzar la voz para que ninguna bala vuelva a callar a un estudiante. Es recordar para que nunca más se repita. Porque el 2 de octubre no se olvida, el 2 de octubre se denuncia. Y cada palabra escrita, cada marcha, cada grito lo confirma: fue el Estado.

Foto: Redes

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