Entre 1956 y 1969, México fue un epicentro del espionaje internacional. Bajo la dirección de Winston Scott, la estación de la CIA en el país reclutó a un selecto grupo de altos funcionarios del gobierno mexicano, incluidos mandatarios que terminaron ocupando la presidencia de la República.
La red LITEMPO: cuando Los Pinos respondía a Washington
De acuerdo con investigaciones del periodista Jefferson Morley —publicadas en el libro Nuestro hombre en México: Winston Scott y la historia oculta de la CIA (2008)—, tres presidentes priistas estuvieron en la nómina de la agencia:
- Gustavo Díaz Ordaz, identificado como LITEMPO-2.
- Luis Echeverría Álvarez, registrado como LITEMPO-8.
- Adolfo López Mateos, a quien se le asignó el código LITENSOR.
El programa LITEMPO surgió en 1958 durante un desayuno en el que Scott reunió a estos funcionarios. Desde entonces, se estableció un canal directo de información y colaboración con la CIA, a cambio de pagos regulares. La relación se fortaleció tanto que López Mateos fue testigo en la boda del propio Scott en 1962.
El costo político de la complicidad
Los informes de la época indican que Washington consideraba caros y poco precisos los servicios de sus informantes mexicanos. La tensión aumentó en 1968, tras la represión estudiantil en Tlatelolco, cuando Scott esperaba reportes confiables y recibió, en cambio, la justificación de que “los comunistas extranjeros influían en la juventud mexicana”, una versión que después se demostraría falsa.
Ese desencuentro terminó por debilitar la carrera del espía norteamericano en México, pero evidenció la profundidad de la relación entre la CIA y el régimen priista.
El cuarto presidente en la nómina
A los nombres de Díaz Ordaz, Echeverría y López Mateos se sumó un cuarto: José López Portillo. Un documento desclasificado de la CIA en noviembre de 1976 reveló que, incluso antes de llegar a la presidencia, mantuvo “control de enlace” con la agencia. Su función principal fue colaborar en una operación conjunta de escuchas telefónicas, grabando en secreto llamadas en decenas de líneas de la capital mexicana.
México, pieza clave del espionaje en la Guerra Fría
Durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, México se convirtió en terreno fértil para la disputa entre potencias. Su cercanía con Estados Unidos y la presencia de la embajada soviética, convertida en centro de operaciones de la URSS en América Latina, hicieron del país un espacio estratégico para la CIA.
La infiltración de la agencia en el círculo presidencial mexicano reveló hasta qué punto la política nacional estuvo atravesada por intereses externos en los años del llamado “milagro mexicano”, mostrando la fragilidad de la soberanía en un contexto marcado por la tensión global.
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