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Primer año de el método Sheinbaum: planeación, bienestar y una nueva narrativa de gobierno

A un año de haber asumido la Presidencia de la República, Claudia Sheinbaum llega a su primer balance de gobierno con una característica que define su arranque: la capacidad de convertir la continuidad política en método de administración. Su primer año no se ha limitado a preservar la ruta trazada por la llamada Cuarta Transformación; ha buscado darle estructura, planeación y una narrativa propia sustentada en resultados, metas y reorganización del poder público. Desde su toma de protesta el 1 de octubre de 2024, Sheinbaum presentó su mandato como el inicio del “Segundo Piso” del proyecto transformador, una fórmula que condensó continuidad, legitimidad popular y promesa de consolidación.

Ese concepto no fue retórico. Durante estos primeros doce meses, la presidenta ha procurado instalar una idea de gobierno menos centrada en la épica personal y más en la administración estratégica del Estado. La publicación del Plan Nacional de Desarrollo 2025-2030 y la presentación del llamado Plan México confirmaron que el sexenio pretende organizarse alrededor de prioridades concretas: bienestar, seguridad, industrialización, infraestructura social y fortalecimiento de capacidades nacionales.

En el terreno económico, el primer año de Sheinbaum deja un dato central: la estabilidad macroeconómica se mantuvo. La inflación anual, que cerró 2023 en 4.66%, se ubicó en 3.76% en septiembre de 2025, una señal de contención relevante para el bolsillo de los hogares y para la credibilidad del gobierno en materia de conducción económica. A ello se suma que la tasa de desocupación permaneció en niveles bajos: 2.9% en septiembre de 2023 frente a 3.0% en septiembre de 2025, lo que indica un mercado laboral todavía resistente, aunque con desafíos persistentes en calidad del empleo e informalidad.

También en inversión hay señales favorables. La Secretaría de Economía reportó una Inversión Extranjera Directa de 36 mil 58 millones de dólares al cierre de 2023 y, para el primer semestre de 2025, informó 34 mil 265 millones de dólares en cifras preliminares, dato presentado como muestra de confianza en el país y en la nueva administración. Aunque los periodos no son estrictamente comparables, el mensaje político es claro: México no perdió atractivo con la llegada de Sheinbaum; por el contrario, sostuvo una narrativa de certidumbre y continuidad productiva.

Donde el gobierno encuentra una de sus cartas más fuertes es en seguridad. La Estrategia Nacional de Seguridad Pública 2024-2030 fue formalizada durante el primer año y buscó dar orden a una materia donde históricamente los gobiernos mexicanos se desgastan con rapidez. Los datos de seguimiento mensual mostraron una disminución visible en homicidio doloso promedio diario: de 84.1 en septiembre de 2023 a 59.5 en septiembre de 2025. En el acumulado de enero a septiembre, la reducción también es notoria: de 88.6 en 2023 a 67.4 en 2025. En una nación acostumbrada a la inercia de la violencia, estas cifras permiten sostener que la presidenta no solo heredó una estrategia: comenzó a imprimirle resultados verificables.

Por supuesto, el balance no está exento de tensiones. El crecimiento económico mostró signos de desaceleración en 2025 y la estimación oportuna del PIB para el tercer trimestre reportó una caída trimestral de 0.3%, con un avance acumulado modesto en los primeros nueve meses del año. Pero incluso ese dato puede leerse políticamente a favor de Sheinbaum: el reto del segundo año ya no es la estabilización, sino la ejecución. El gobierno logró mantener el control de variables clave; ahora necesita traducir planeación, inversión y programas en mayor dinamismo productivo.

Si algo distingue este primer año es que Sheinbaum ha intentado gobernar con una mezcla poco habitual en la política mexicana: continuidad ideológica y racionalidad técnica. Esa combinación se expresa con nitidez en el peso otorgado a los Programas para el Bienestar, que el propio gobierno colocó en el centro de su narrativa de Primer Informe. Para 2025, se reportó una asignación de 850 mil millones de pesos, equivalente a 2.3% del PIB, para sostener la política social del Estado. No se trata solo de presupuesto; se trata de un principio de legitimidad: el proyecto sheinbaumista no concibe el bienestar como complemento, sino como columna vertebral del poder público.

Allí reside también su principal fortaleza política. A diferencia de otros gobiernos que llegan al primer año consumidos por el desgaste o por la dispersión, Sheinbaum arriba a esta etapa con narrativa, instrumentos de planeación y una base social todavía robusta. Coberturas publicadas alrededor de su Primer Informe registraron además altos niveles de aprobación, reforzando la idea de que el nuevo gobierno mantiene una conexión sólida con amplios sectores de la ciudadanía.

En términos simbólicos, Claudia Sheinbaum también ha consolidado una imagen singular: la de una presidenta que no necesita romper con el legado para afirmar autoridad propia. Su frase “No llegué sola” y su insistencia en que “vamos bien y vamos a ir mejor” resumen una narrativa de representación colectiva, continuidad histórica y confianza en el rumbo. Esa narrativa ha resultado eficaz porque enlaza tres dimensiones a la vez: la primera mujer en la Presidencia, la heredera del obradorismo y la mandataria que busca ordenar el sexenio con método.

Por eso, el saldo del primer año puede resumirse de manera directa: Claudia Sheinbaum logró estabilizar el arranque de su gobierno, mantener en pie la legitimidad social del proyecto y comenzar a construir un sello propio basado en planeación, bienestar y resultados medibles. No es poco. En un país donde cada transición presidencial suele venir acompañada de incertidumbre, el mayor logro de Sheinbaum en su año uno ha sido instalar la idea de que el “Segundo Piso” no es una consigna, sino una etapa de consolidación.

Su desafío, hacia adelante, será mayor: convertir la estabilidad en crecimiento, la estrategia en ejecución territorial y la legitimidad en capacidad duradera de transformación. Pero si el primer año sirve como medida, la presidenta ha demostrado que llegó no solo a administrar una herencia política, sino a darle forma propia al siguiente ciclo del poder en México.

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